ADJEKTIBOEN ZIMURRAK; DOCTOR CAMINOREN KRONIKA

“Nada basta muchas veces un acertado gobierno para precaver la ciega prevaricación del vulgo alucinado con el fanatismo. Así comprobó una triste experiencia en el reinado de Carlos III, que, aunque tan próvido, sufrió el año 1766 algunas conmociones populares, suscitadas por unos hombres de ínfima ralea. Madrid mismo y Zaragoza se vieron consternados por aquel tiempo a causa de una peligrosa fermentación, cuyo fuego había encendido en ambas capitales la furia del populacho temerario y arrojado. Referir aquí los excesos cometidos por una infame turba en la metrópoli de Aragón, los robos, los incendios y otras ejecuciones trágicas, sería ajeno de nuestro intento; solo sí diremos que la nobilísima y fiel Provincia de Guipúzcoa vio por aquella época levantarse en su distrito algunos movimientos sediciosos que amenazaban a la pública tranquilidad, suscitados por la gente más baja a resultas de la escasez de granos y arreglo de medidas. Este peligroso tumulto, que si no se hubiese tirado a atajar desde los principios, ahogándole en su cuna misma, hubiera, sin duda, perturbado la quietud de las repúblicas, tuvo su fatal principio a 14 de Abril de 1766 en la insolencia de algunos herreros de Azcoitia, que amotinados entre si ejecutaron mil injustas extorsiones en aquella ilustre villa, obligando de viva fuerza a sus constituyentes a que bajasen el precio a los granos, y alterasen las medidas que se hallaban empadronadas ala de Ávila. Propagóse repentinamente el fuego de la disensión a la villa de Azpeitia, a donde pasaron los insurgentes de Azcoitia a media noche, obligando indignamente y con violencia a un caballero principal y tres sacerdotes a que les precediesen con hachas encendidas y una bandera, que llevaba uno de dichos sacerdotes. En aquella primera república fueron juntándose hasta 1500 a 2000 sediciosos de diferentes pueblos comarcanos, cometiendo los mayores atropellamientos, efecto de su obstinación, sin que bastasen las fervorosas amonestaciones de personas las más caracterizadas, y calificadas con el sacerdocio, entre ellas el cura de la parroquia D. Ignacio Amotegui, a extinguir la llama abrasadora de estos levantamientos, que se fueron difundiendo con rápido progreso por otros lugares de la Provincia. Arrebatados del espíritu de furor, y fuera de si, hicieron terribles amenazas de que se meterían en número de 7000 hombres en la villa de Vergara para matar algunos caballeros, y que darían fuego a las Reales Fábricas de Placencia. Rompieron a palos todas las medidas de granos que amontonaron en la plaza de Azpeitia, y hecha esta hazaña y la violencia de penetrar en algunas casas principales de aquella villa subiendo por los balcones, quebrantando ventanas y vidrieras con ánimo de ensangrentar su cólera y quitar la vida a sus dueños, quisieron interesar a la Religión misma en los criminales desahogos de su furia, clamando se dirigiese una procesión solemne con la imagen de San Ignacio a su gran Santuario de Loyola. ¡Extrañas inconsecuencias de un vulgo desbocado y pertinaz: querer santificar unos excesos tan enormes con el falso pretexto de piedad y devoción, pero no las primeras oidas en el mundo!”

(Joaquín Antonio de Camino y Orella, Historia Civil-Diplomática-Eclesiástica antigua y moderna de la ciudad de San Sebastián, Cap. XXVII, Aurrera, 1780).

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