PESETA ETA AZKOITI-AZPEITIETAKO MATXINADA

Apenas hace unos días, el sábado 1 de marzo, la peseta desaparecía como moneda de curso legal para ser sustituida por el euro. Así pues, sabemos con exactitud la fecha en la que desapareció. Sin embargo no ocurre otro tanto con la fecha de su entrada en el curso de la Historia del que ahora mismo está siendo retirada.

Como no podía ser menos en una sociedad de mercado como la nuestra han aparecido diferentes ofertas en las que la nostalgia por esta desaparición se convierte en motivo de compra y venta. Así, se ofrecen diferentes recuerdos de la vieja moneda como pueden ser, por ejemplo, ejemplares de la misma bañados en plata. Entre todos estos ha aparecido también un elegante reloj de bolsillo que lleva montada la que pasa por ser una de las primeras piezas de peseta acuñadas. Se trata de una de las que ordenó poner en circulación el gobierno provisional que siguió a la caída de la monarquía de Isabel II tras la revolución “Gloriosa” de 1868.

No parece haber motivos para dudar de que ésa fuera la primera peseta que se acuñó, sin embargo si no la moneda el término parece ser considerablemente más antiguo tal y como nos lo vendría a demostrar cierta documentación en torno a otra revolución -al menos ese es el nombre que se le da en ciertos venerables papeles con bastante frecuencia, junto a los de “tumulto” o “zarata”- que convulsionó al País Vasco durante varios intensos días del mes de abril del año 1766. Los trabajos de Ildefonso Gurruchaga, Alfonso de Otazu y José María Iñurrategui nos la han descrito en profundidad, sin embargo hay aspectos de la misma de los que aún sabemos poco. Uno de ellos es el de qué es lo que hicieron durante aquellas jornadas de “zarata” sus principales protagonistas. Esto es, los campesinos y artesanos sublevados por la carestía del precio del trigo y el maíz.

Azpeitia, como ya sabíamos, continua siendo el principal escenario de aquella revolución. Allí se juntaron los primeros machinos y comenzaron a amenazar a todos los objetos de su odio: el primiciero Gorostizu (a) “Parábola”, un par de molineros -a todos los cuales se quería regalar una hermosa soga para que desafiaran la ley de la gravedad- y, por supuesto, los principales mayorazgos del País.

La falta de efectivos militares, que tardaron bastante tiempo en llegar desde San Sebastián apoyados por los regimientos vecinales de esa ciudad, y los del valle de Oiartzun, de Errenteria y de Hernani que se habían mostrado refractarios a la machinada, permitió a los tumultuarios hacerse con el control de la Diputación provincial y el corregimiento de la misma que en ese momento residían en Azpeitia y, como diría Cristopher Hill, volver el mundo del revés. Así, se obligó a “jauntxos” y “handikis” -desde el diputado general al último mayorazgo- a aceptar las condiciones de los machinos sobre cuál debía ser el precio “moral” de las subsistencias. Uno que nada tenía que ver con el que fijaba el libre mercado. También se les forzó a formar una danza y bailar mezclados con ellos como en los buenos viejos tiempos de la hidalguía universal -ésa que el “menu peuple” de ciertas provincias vascas disfrutaba y, si era preciso, defendía a punta de espada, como buenos hidalgos originarios- y que ya desde comienzos de aquel siglo XVIII había comenzado a descomponerse.

Dentro de ese clima algunos avanzaron algunos pasos más en dirección a propuestas verdaderamente revolucionarias como la que pasaba por el reparto colectivo de las tierras de los “maiorazgos gordos”, como pudo oír -es de imaginar que con bastante desazón- uno de los principales aludidos en aquella especie de proclama protobolchevique. Otros machinos decidieron aplicar esa vaga idea de inmediato y ahí es donde aparece la peseta en medio de aquel tumulto. En efecto, según recuerda uno de los testigos de los hechos, Bartolomé de Goristizu, un herrero -como no podía ser menos, tratándose de “machines”- “a bueltas de su descoco pedia pesetas a varios particulares” y por lo que tiene oído su demanda le permitió juntar “vastante numero de ellas”. Probablemente se referían, tanto el testigo como el herrero, a esas piezas que valían dos reales de plata en moneda “provincial”, formada en “figura redonda”, tal y como señala el Diccionario de Autoridades compilado en las primeras décadas del siglo XVIII que consideraba a esa palabra como “voz modernamente introducida”.

Es muy probable que meses después Bartolomé, si aún le quedaba alguna, tuviera que prescindir de ellas para pagar las fuertes multas que como el menor de los castigos aplicó contra los rebeldes machinos la ya recuperada “jauncheria”, bajo la protectora sombra de las milicias de naturales venidos desde el norte de la provincia y las bayonetas del regimiento de línea de su majestad “Hibernia”.

Carlos Rovira, La peseta y la machinada del año 1766, Euskonews & Media 160.zbk (2002 / 3-22 / 4-5)

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